
Laboratorios, experimentos, tubos de ensayo, ordenadores, etc. Los avances científicos se dan, en su mayoría, al cobijo de todo ese instrumental. Sin embargo, en ocasiones, un hecho anecdótico nos permite observar los mecanismos de la Naturaleza y nos brinda la ocasión de estudiarla in situ, sin artificios. Uno de estos casos, que propició un gran avance en neurociencia y en el campo del estudio del comportamiento, fue el de Phineas Gage, un obrero ferroviario al que, tras la explosión de una barrena, una barra de hierro le atravesó la mejilla y el cerebro. Consciente tras el accidente se vio que no estaban afectadas ningunas de sus capacidades, habiendo perdido únicamente la visión en el ojo izquierdo.
Sin embargo, tras la recuperación, Phineas Gage ya no era el mismo, su personalidad había cambiado: de ser un hombre responsable, eficaz y equilibrado pasó a ser una persona voluble, sin metas, irresponsable, impulsivo… Perdió su trabajo, su matrimonio y nunca pudo encontrar un trabajo estable. Su salud era buena, pero sus capacidades de previsión y toma de decisiones estaban claramente mermadas.
El caso de Gage fue el pilar donde se sostuvieron posteriores estudios acerca de la relación entre áreas del cerebro y personalidad. La barra que le atravesó el cráneo le lesionó los lóbulos frontales, considerados hasta la fecha estructuras silentes del cerebro, sin función. De este modo se pudo establecer la relación entre lóbulos frontales y todos los aspectos de la personalidad que atañen a la toma de decisiones y las emociones. Lesionados dichos lóbulos, Gage vio mermadas sus funciones ejecutivas, aquellas que nos permiten dirigir nuestra conducta hacia un fin e incluyen la capacidad para planificar, llevar a cabo y corregir nuestro comportamiento.
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